La historia de Zaska Beer

Nos preguntan con frecuencia sobre el origen de la deliciosa cerveza Zaska. Nosotros lo contamos informalmente en las conferencias que damos, pero como lo de juntar palabras no se nos da bien, le hemos pedido a un conocido escritor amigo nuestro, y gran zaskadicto, que lo redacte.  

La historia de Zaska Beer

Por Pancho Penhauer




El momento luminoso 

   Zacharias Drinkermayer
Archivo Policial de Los Ángeles
Chicago. Illinois. EEUU. 15 de Marzo de 1919. Por la tarde. Todo comenzó cuando Zacharias Drinkermayer, nuestro fundador, un hombre de negocios adinerado, pero que en los últimos tiempos encadenaba fracasos, entró en un bar repleto de sombríos lugareños. Para animarse un poco, se pidió una cerveza. Le pusieron con desgana una cosa amarilla de grifo mal tirada y calentorra. Tras el primer trago de aquel brebaje alzó la vista y advirtió que todos en ese bar bebían esa misma cosa.

 

Aunque no tenía costumbre, reflexionó durante unos segundos y farfulló con gran estruendo, ahora lo entiendo. Ya se había dicho en otras ocasiones lo mismo y luego se demostró que no había entendido nada, pero en esa ocasión, unas extrañas palpitaciones que sentía en las sienes le decían que sí, que lo entendía. Esos parroquianos, aunque individualmente detestables, se merecían, como adorable conjunto, una cerveza en condiciones, que dibujara una sonrisa en sus rostros, diera sentido a sus tristes vidas o, al menos, que fuera bebible.

El Artífice 


Néctor Remmacheri
El día antes de la inauguración
Desafiando las inclemencias del tiempo, cual cosaco en celo, Zacharias dirigió sus pasos hacia el taller de un talabartero amigo suyo que sabía fabricar cerveza. Su amigo, Néctor Remmacheri, pasaba una mala tarde con un bolso de señora con apliques dorados y un bolsillito interior con cremallera a juego. Deja todas esas mierdas que tienes entre manos y si quieres hacerte rico ponte ahora mismo a fabricar una cerveza especial siguiendo al pie de la letra mis instrucciones y sin rechistar, dijo Zacharias tímidamente. Néctor, en la ruina como todos los talabarteros, accedió de buena gana. Entre los dos, tras varios meses de pruebas, idearon la fórmula de una cerveza que proporcionaba sabor, frescor y colocón a partes iguales.

  

Las dos estrellas

El día asignado para la prueba final Zacharias se acercó al taller de Néctor. Con aire solemne abrió una de las botellas y, tras probarla, se la pasó a su socio diciendo qué te parece. Éste que, como buen talabartero, era muy de parafrasear malamente a sabios de la antigüedad, exclamó al tomar el primer trago ¡Zaska!Zacharias lo vio claro. Néctor también exclamó otras cosas como hostia puta que rica, pero no parecía un buen nombre comercial. Calla, calla, la llamaremos Zaska, dijo Zacharias, y le pondremos dos estrellas, una por ti y otra por mi.

El etiquetado

Para entonces ya se acercaba el verano, el país sufría una ola de tiempo agradable, y juntos idearon un plan diabólico para comercializarla y conquistar el mundo: la embotellarían y la pondrían a la venta. Con gran sagacidad se dieron cuenta de que necesitarían una etiqueta para identificarla, así que Néctor le pidió a su sobrino de 13 años que la diseñara. El sobrino estaba siempre mirando a las paredes con cara de embobao. Seguro que es artista, se dijo Néctor entre sí. Sacó las 100 primeras botellas disponibles, ya frescas, y le dio por toda indicación que quedaran graciosas y que las llevara al bar, que ya lo tenía apalabrado. El sobrino no sabía nada de diseñar etiquetas, y en general no sabía nada de nada, pero por no llevar la contraria a su tío, dibujó las 100 etiquetas a mano, lo que dice mucho de su calidad como persona y del amor que sentía por su tío. ¿Las voy pegando, Tito Néctor? Haz lo que quieras que con esta peste a cuero no me hallo.  

La prueba

El sobrino se dirigió con unas 50 zaskas frescas al bar donde meses antes Zacharias Drinkermayer había tenido la revelación, le dio la cerveza al cantinero y esperó a que comenzaran a servirla.

   La primera prueba de la Zaska
El sobrino no sale porque es el que echó la foto

Bueno, como locos, que jaja, que que buena, que nene ponme otra. Pasada una hora los parroquianos despegaban las etiquetas y se las ponían en la frente. Charlaban distendidamente, bromeaban sin parar y sus sonrisas iluminaban el local como si llevaran plutonio en los dientes. Pronto la Zaska se acabó, y cuando el cantinero hizo el ademán de volver a servir el bebistrajo que salía del grifo, se hizo un silencio muy sepulcral. Todos miraron al sobrino. Éste, que efectivamente tenía vocación artística pero era espabilado, salió raudo del local y fue a por todas las Zaskas restantes mientras vociferaba entre dientes una cancioncilla de moda: My heart is bursting with joy.

 

El momento más delicado

Cuando llegó se encontró con su tío Néctor, agarrando una botella, poseído por la ira, al borde del ataque epiléptico. ¡Qué son estas gilipolleces! dijo señalando a las etiquetas y echando esputos hasta por los ojos. Es que no sabía qué poner, dijo el sobrino, dijiste que fueran graciosas. El sobrino había llenado cada una de las 100 etiquetas con chistes y chuflas de todo tipo. En la parte de atrás los textos parecían redactados por una morsa borracha agonizante.

Néctor estaba a punto de romperle la botella en la cabeza a su sobrino, cuando apareció Zacharias Drinkermayer que venía a interesarse por los resultados empíricos, como él decía para impresionar a Néctor. Éste contuvo su instinto asesino por el terror reverencial que le imponía su socio. Eso le salvó la vida al sobrino y de paso a la cerveza, ya que con un muerto de por medio, ya me dirás.

El sobrino les relató la escena en el bar. Incrédulos ambos, agarraron al sobrino por el cogote, y salieron los tres con las 50 Zaskas frías restantes camino al bar. Al llegar, los vítores y festejos les dejaron atónitos a la par que estupefactos. Era un triunfo incontestable.

   
Turbamultas por pillar una Zaska

Zaska beers Co.

A las pocas semanas Zacharias Drinkermayer y Néctor Remmacheri ya habían fundado Zaska Beers Co.
 
Una de las primeras botellas de Zaska
Encontrada en un almacén en 1978

Zacharias invirtió lo que le quedaba de su fortuna en crear una factoría, contratar trabajadores y comprar materia prima. Néctor se endeudó para comprar el bar de la primera prueba empírica, que se rebautizó como Zaskaland. Lo poco que les quedó de dinero lo usaron en preparar un lanzamiento por todo lo alto. La apuesta era segura, esta vez sí, tenían en sus manos el negocio que les haría ricos a la vez que darían placer y felicidad a millones de personas.

 
La factoría de Zaska Beers Co.
Normalmente estaban haciendo cosas, pero se pusieron así para la foto
 
El bar Zaskaland
Fotografía tomada un domingo

El sobrino ideó las etiquetas de esta primera edición y todo estaba listo para inaugurar a primeros de año. Congregaron a todo Chicago, pusieron anuncios en prensa y cargaron las cámaras frigoríficas de Zaska hasta los topes. Era el 17 de Enero de 1920.

 
Vallas publicitarias en las calles de Chicago
Y un señor, ya fallecido, recogiendo cacas de perro en primer plano

La inauguración

A la hora anunciada para la inauguración, Zacharias y Néctor escucharon ruidos de multitud al otro lado de la persiana. El alboroto era enorme, se oían gritos, carreras, agitación extrema. Qué éxito, se decían. Se abrazaron, miraron al sobrino, que estaba sonriente detrás de la barra, y juntos alzaron la chapa de la esperanza.

  

   Joe Petrosino
Jefe de la policía de Chicago
Pensando en quién se la puede estar ganando en este momento
Un ejército de policías estaba aporreando sin piedad a los convocados. Había zarandeos, puñetazos y guantás en la cara con la mano abierta. Se oyeron no pocos insultos y horrorosos improperios. Al abrir la puerta, el jefe de los policías, entró en tropel, les dio un papel a los socios y llamó con dulce voz a sus hombres para que dejaran de incomodar al personal con su violencia gratuita y desmesurada. Los policías entraron, tomaron el bar, requisaron la mercancía, clausuraron el local y se marcharon, por ese orden. Justo ese día había entrado en vigor la ley seca.   

 

Los años oscuros

Desesperados y completamente arruinados, Zacharias y Néctor se separaron como socios.

Zacharias Drinkermayer prometió no volver a beber una cerveza más en su puta vida. Se fue a California y se hizo budista, algo bastante exótico en la época, y se dedicó a extorsionar a ricas viudas con promesas de matrimonio.

Néctor Remmacheri volvió a su habitual oficio. Perseguido por los acreedores, murió en extrañas circunstancias de muerte natural a los 94 años, justo el día antes de la derogación de la ley seca. En su postrer momento, brindó con una Zaska, que aún producía para autoconsumo en su casa, y le dio a su sobrino una mochila de cuero mientras le susurraba al oído un cúmulo de delirios y sinsentidos con su último y alcohólico aliento. El sobrino creyó entender una sola cosa, el consejo de que viera mundo, pero vaya usted a saber lo que realmente le quería decir.

España

Las brigadas internacionales
A los pocos años, el sobrino, muy idealista y soñador pero sin recursos, recordó el consejo de su tío y no tuvo mejor ocurrencia que apuntarse a las Brigadas Internacionales, sin saber ni a dónde iban ni para qué. Se calzó la mochila de su tío y lo enviaron a España. Cuando llegó en 1937 se encontró una guerra civil a tiro limpio, circunstancia que desconocía al unirse a la expedición y que le pareció de lo más impertinente.  

 

La opción de volverse inmediatamente estaba mal vista, así que hizo lo posible para quedarse en la retaguardia. Allí elevaba con sus chistes y chascarrillos la moral de la tropa. La mayoría de los que allí había eran españoles y no entendían ni papa de lo que decía, pero se reían igual porque el muchacho se hacía de querer. Tanto así que una miliciana malagueña le explicó lo que era el Spanish loving in war times, toda una revelación para un cateto chicagonense.

Con el tiempo, la guerra comenzaba a ir de culo para su bando y tras la retirada de las Brigadas Internacionales, en octubre del 38, el sobrino decidió quedarse en tierra ibérica, atrapado por las poderosas cinchas del amor. Huyendo por esos campos del señor con su miliciana, llegó a Málaga, y ambos se escondieron en los escarpados montes de la Axarquía.

La Axarquía


El maquis de Frigiliana
El sobrino debe ser uno de ellos
Aquí, acogidos por el incipiente maquis de Frigiliana, andaban de risco en risco y de cueva en cueva, siempre con la mochila de su tío y auxiliado por axárquicos nativos de buen talante. Les proveían de lo necesario y, como no se acercaban mucho a zonas habitadas, la Guardia Civil no les molestaba mucho. Tuvieron un hijo que dieron en adopción a una familia de gañanes de Almayate (los gañanes son personas que se dedican a la crianza y manejo del buey axárquico, no nos confundamos) y fueron muy felices hasta que un día, a primeros de los años 50, se despeñaron por un barranco cuando perseguían una cabra. La miliciana falleció en el acto, él se lisió bastante, la mochila se hizo fosfatina y la cabra se escapó. Al recoger lo que quedaba de la mochila, el sobrino se dio cuenta que en la cara interior del cuero había unas extrañas inscripciones. Era la fórmula de la cerveza Zaska, anotada allí por su tío años atrás. Los recuerdos se agolparon en su tumefacta cabeza.

 

¿Sería una señal? ¿Llegaba el último mensaje de su tío justo cuando perdía a su amada? ¿Era ese el momento de volver a producir Zaska siendo un proscrito tullido viudo sin recursos perseguido en un país extranjero gobernado por una dictadura? ¡Claro que sí, qué demonios! Había hecho tantas sandeces en su vida que una más no iba a ser para tanto.  

La nueva Zaska

El sobrino recordaba a la perfección los pasos que su tío seguía para la elaboración de cerveza, ya que él mismo le ayudó en innumerables ocasiones y, con la ayuda de sus colegas maquis y los lugareños afectos a su causa, se las compuso para fabricar Zaska artesanalmente. Producía el dorado elixir y etiquetaba sus botellas en la cueva y las repartía de contrabando por los pueblos de la Axarquía. Aquellos tiempos eran más de vino, pero en los rigores veraniegos, las Zaskas venían frescas de la cueva y se hicieron muy populares entre los habitantes de la costa. En las etiquetas ponía algunos dibujos en los que se mostraba a Franco en actitud, digamos, poco decorosa, que eran muy celebrados entre los insurrectos y los vecinos que estaban en el ajo.

Su popularidad y su producción crecieron tanto que inevitablemente una botella acabó llegando a las manos de la Guardia Civil. El chiste les dio igual, chiquilladas, dijeron, pero en la etiqueta había algo peor, las estrellas rojas, elemento gráfico muy indeseable para las autoridades de la época.

Por supuesto, fueron en busca del autor.


La guardia Civil
Su poder mental transcendía lo cognoscible

 

La huida

Sabiéndose perseguido y cansado del aperreo de la vida maquis, el sobrino decidió huir de una vez por todas. Se acercó a Almayate a despedirse de su hijo. Allí le entregó lo que quedaba de la mochila con la fórmula y una botella de ejemplo. Farfulló palabras afectivas, le dio un beso en la frente y salió en dirección a Rincón de la Victoria, donde tenía un contacto que le ayudaría a embarcar hacia África.

Pero la omniscente Benemérita le estaba esperando a la salida del pueblo. Le persiguió por campos y viñedos hasta que, en su escapada desesperada hacia los montes de Vélez, el sobrino cayó en el pantano de la Viñuela. Nunca más se supo de él.

Una nueva esperanza

El trozo de cuero con la fórmula y la botella quedaron arrumbados en una cuadra de bueyes durante años, hasta que el gañán del hijo del sobrino, Ginés Terralazo, cumplió 25 años. Era el verano de 1968, el chico volvía de Madrid, de estudiar bellas artes, o eso decía, y se había hecho jipi. En la Costa del Sol malagueña abundaba esta subespecie humana, sobre todo procedente de los países nórdicos, y Ginés se unió a un grupo ellos que pululaba por las playas de Torre del Mar, con la intención de hacer amigos y lo que empieza por F.


Jipis
Fase de cortejo previa al apareamiento

 

Aunque estaban bastante asilvestrados, era gente con un interés por lo étnico envidiable, y tras las noches de juerga se unían a los pescadores de la zona que volvían de la faena. Tras vender el pescado capturado, los pescadores se juntaban alrededor de hogueras donde hacían espetos con el pescado de menor valor, normalmente las sardinas. Los jipis y los pescadores disfrutaban de ese manjar pero con frecuencia comentaban que lo que le pegaba al espeto era una cervecita fresca. A Ginés le vino a la cabeza el trozo de cuero y la cerveza que su padre le dio años atrás.

La nueva Zaska

Como los jipis eran muy de las cosas artesanas, convenció a unos cuantos para que le ayudaran a descifrar los garabatos que Néctor Remmachieri había dejado en ese trozo seco de piel de vaca muerta. Con esta información y los conocimientos del panadero del pueblo, se dispusieron a elaborar su propia cerveza. Cuando tuvieron las primeras botellas, el propio Ginés se ocupó de ilustrar las etiquetas, siguiendo el patrón de la que tenía de muestra, y las llevaron a la fiesta de San Juan.

Tras una noche de fogata, guitarra, canciones antibelicistas y porros como brazos de estibador se acercaron a las proximidades de una de las hogueras de los pescadores con sus zaskas bien frías.


Hoguera con espetos en la playa
Por algún motivo químico aún sin descifrar, la combinación espeto-zaska producía incomparables sensaciones de gozo en el paladar y una portentosa satisfacción neuro-espiritual. Los pescadores no sabían de dónde venía semejante fiesta para el cuerpo humano, y mucho menos los jipis, que estaban drogados de antes, pero uno de los pescadores tuvo la ocurrencia de llevar unas cuantas zaskas al chiringuito de su hermano. Cusha, uán, al próximo guiri que aparezca le pones una de estas y un espeto, a ver lo que pasa, le dijo el pescador a su hermano. ¿Un espeto? contestó el hermano, tú estás majarón, eso no lo quiere nadie. Tú hazme caso, quillo.

 

El éxito se repitió. El hermano pidió más. Los jipis les dieron todas las que les quedaban a la salud del amor entre los hombres y los pueblos. Se vendieron todas muy rápido y los clientes del chiringuito pedían más. Los jipis hicieron unas cuantas más pero la producción no daba abasto porque enseguida se popularizaron entre los jóvenes yeyés torreños. Y encima cada vez había más guiris que venían a pasar las vacaciones. Total, que a los jipis les empezó a doler la cabeza porque eso ya se parecía bastante a trabajar.

El despegue definitivo

Ante tanta demanda, Ginés y su amigo Olaf le dieron la patada al rollo jipi y decidieron forrarse.

Olaf Tokateggën era hijo de un industrial noruego, y convenció a su padre para que le adelantara la pasta con la que producir Zaska a mayor escala. El coste a su padre le parecía ridículo en comparación con lo que costaría eso mismo en Noruega y pensó que se lo iba a gastar en fiestas. Pero ya estaba resignado con ese hijo díscolo y trotamundos. Ya sentará cabeza, se decía mentalmente en su idioma natal.  


Olaf Tokateggën (izquierda) y Ginés Terralazo (derecha) con el director de ‘operaciones’ de Zaska Beers Co (abajo).
Sí, es lo que parece

Pusieron en marcha una pequeña factoría junto al faro de Torre del Mar y desde allí suministraban a todos los chiringuitos de la Axarquía, de Rincón a Nerja. Todos disfrutaban del gustoso manjar que es el espeto acompañado de deliciosas Zaskas. El apestoso término maridaje afortunadamente no se usaba todavía.

El momento de gloria 


Azucarera de Torre del Mar
Imagen actual
Como la demanda iba en aumento, con los primeros beneficios compraron la antigua fábrica del azúcar de Torre del Mar y desde allí, le dieron a Zaska la proyección que necesitaba. Las ventas crecieron, y Zaska, ya a la mitad de los años 70, se convirtió en un fenómeno de masas sedientas. Campañas publicitarias con estrellas de la época, acuerdos con distribuidores nacionales e internacionales y ventas in crescendo año tras año, trimestre tras trimestre.

 


Publicidad de la época

 

Entre los dos, Olaf y Ginés, hicieron realidad el sueño de Zacharias, Néctor y su sobrino medio siglo después.

La decadencia

Pero a mediados de los años 80 del siglo pasado, Olaf Tokateggën, ya madurito y bastante forrondosco, falleció por sorpresa de un infarto sobrevenido cuando se celebraba en Torre del Mar la Paella de la Amistad. Zaska Beers Co. había patrocinado el evento con el que se batió el record Guinness de la paella más grande de la historia y Olaf decidió batir simultáneamente su propio record de fiesta desmadrada. No se sabe qué se tomó pero lo que fuera tuvo que ser en cantidad.

 

 
Paella de la Amistad
Torre del Mar, 17 Agosto 1985

 

Tras este luctuoso hecho, Ginés se tuvo que hacer cargo del negocio en solitario, pero no pudo con la pena.  Sumido en una profunda depresión, se dedicó a dilapidar su fortuna en fiestas, coches y barcos. Pocos meses después se despidió a lo grande, sin dejar herederos, al estrellar su yate de lujo contra el puerto de Caleta de Vélez, con tanta fuerza que algunas partes de la embarcación llegaron hasta El Algarrobo, como atestigua la prensa de la época.

 
Diario Sur de Málaga
22 Noviembre 1985

Fueron nombrados unos administradores por el juez pero tras una serie de decisiones equivocadas, varias suspensiones de pagos, campañas publicitarias desafortunadas y chanchullos nunca aclarados, la fábrica terminó cerrando y Zaska cayó en el ostracismo.  

La resurrección

El Ayuntamiento años después se hizo cargo de la antigua fábrica de Zaska con la intención de instalar allí un centro cultural muy moderno y durante las obras de rehabilitación apareció el trozo de cuero del tío Néctor. Conscientes de su valor histórico, pero sin entender muy bien las inscripciones por su deteriorado estado, los técnicos del Ayuntamiento, le asignaron al viejo retal un lugar prominente entre la decoración del nuevo centro: en el jol, al entrar a la derecha, enfrente del funcionario que lee el periódico. Allí está desde entonces.

La historia hubiera acabado ahí si no fuera porque al poco de inaugurar el centro, adentrado el siglo XXI, un grupo de jóvenes y apuestos estudiantes torreños reparó en el legajo.


La receta de la cerveza Zaska

Los jóvenes, que conocían la ceveza Zaska por las historias de sus padres, le hicieron fotos con sus iPhones y se las enviaron a un famoso peleografólogo de la Universidad de Granada, donde uno de los jóvenes estudiaba. El científico les pidió educadamente que no le importunaran con sandeces, y les conminó a que fueran zurcidos profusamente.  

Solo les quedaba la carta de intentar descifrar el críptico contenido de la mochila con la ayuda de las redes sociales. Pero aunque la propuesta logró cierta viralidad como acertijo, de las redes solo surgían tontás infantiloides, emoticonos infantiloides de mierda y memes de mierda infantiloides y sin gracia, así que acabaron olvidándose del tema.

 

Otra nueva esperanza (y ya van tres, creo)

Pero un día alguien dejó un extraño comentario. No era extraño por el contenido, sino porque estaba en inglés, idioma del que los estudiantes solo conocían las palabras download y gangbang. El mensaje decía ‘Hi guys, I think I can help you’. Normalmente hubieran pasado pero el mensaje venía de una tal Linda y por entonces las redes no estaban infestadas de provocativas rusas buscando marido y lo que surja. Le contestaron usando el Google Translate por si podían ligar o algo.

 

Ligar no ligaron, para empezar Linda les doblaba la edad, pero esa mujer resultó ser la nieta del sobrino de Nector Remmachieri. Les contó que su abuelo no se había ahogado en el pantano de la Viñuela, sino que logró escapar de la Guardia Civil, llegar a Rincón de la Victoria y de allí embarcar furtivamente para Marruecos. Bordeó la costa marroquí hasta llegar a Tánger, donde contactó con el consulado de Estados Unidos. En Tánger estuvo unos meses haciendo cosas que nunca confesó hasta que logró un pasaje para Baltimore donde trabajó de estibador una temporada, tras la que logró volver a su Chicago natal. Allí trabajó de talabartero, oficio que conocía, se casó y tuvo dos hijas, una de las cuales era la madre de Linda. Murió en 1996 y nunca quiso volver a saber nada de España (cosa que puedes conseguir con relativa facilidad si vives en Chicago).



Foto del perfil de Tinder de Linda

 

¿Se había perdido definitivamente la fórmula de la Zaska? ¡Nada de eso! Hasta sus últimos días, el sobrino de Néctor Remmachieri fabricó la cerveza casera Zaska para él, su familia y sus amigos, muchas de la veces ayudado por su nieta Linda. Así que la señora estaba en condiciones no solo de interpretar los garabatos de la mochila, sino de enseñarles a los chavales a fabricar la cerveza con el genuino método de sus antepasados.  

Esta tiene pinta de ser la buena

Los chavales le enviaron a Linda todo el material de que disponían, la foto de la fórmula borrosa y también la publicidad de la época y le contaron el éxito de la cerveza de su abuelo hace unas décadas, cosa a la que todos (pero todos-todos) allí en Chicago habían sido ajenos.

Eso emocionó mucho a Linda, que se vino a España a pasar unas vacaciones, fabricó Zaska caseramente y enseñó a los chavales. Cuando la tuvieron lista, la probaron en una gran espetada. Linda descubrió entonces que, con un espeto, la Zaska sabía todavía mucho mejor. Era algo inexplicable (aunque nosotros ahora sí sabemos por qué) y bien fuere por su afán de descubrimiento, o porque la mesura y el comedimiento no estaban entre sus principales cualidades, Linda encadenó Zaskas y espetos por encima de sus posibilidades. Además se expuso al sol más de lo que un yanki medio soporta.

Entre la emoción, la intoxicación y la insolación, algo empezó a ir mal en su organismo. Como primer síntoma, les prometió financiación para volver a producir Zaska. Todos brindaron y se felicitaron, pero acto seguido Linda se sintió indispuesta. En pocos minutos pasó del vahído al mareo, del mareo al síncope y del síncope a la galipandria. Le llevaron de urgencia al hospital de Torre del Mar y por la noche palmó.

Se calcula que Linda se cascó ella sola entre 30 o 40 espetos
Y probablemente aún más zaskas

 

Zaska Beers,co, la startup 

Los chavales (bueno, chavales, tenían casi 30 años pero como la mayoría de su generación, emocionalmente no superaban los 12) quedaron totalmente abatidos y con el marrón de repatriar un cadáver guiri. Iban a tirar la toalla, pero la crisis estaba apretando y no había ni dónde tirar la toalla.

Eran los tiempos del rollito emprendedor y había interés en hacer creer a la muchachada sin futuro que todo el que tenía una idea podía truinfar como Los Chichos con su invento siempre que encontrara quien se lo financiara. Nuestros chavales sucumbieron a esos cantos de sirena.

Como uno de ellos era aficionado a la ciencia-ficción, no les costó pergeñar un Business Plan para mostrárselo a los Business Angels que tenían Seed Capital para Startups. Se apuntaron a todos los circos públicos y privados donde jóvenes sin recursos hacían el Elevator Pitch, o sea, el papelón de aparentar saber de lo que hablaban ante cachondos acaudalados que tienen estas reuniones como club social o que se aguantaban la risa y/o no eran capaces de entender el objeto de la propuesta.

Pero nuestros chavales fueron listos por una vez y se llevaban a las rondas de financiación cantidades ingentes de Zaskas frías que repartían entre los investors para que probaran el producto. Los emprendelistos que organizaban estos saraos siempre les ponían los últimos porque se ahorraban el convite de después.

Nuestros chicos preparando el elevator picth

 

La cosa acababa normalmente en charlas informales con palmaditas en la espalda y buenos consejos que no llegaban a ninguna parte pero en una de esas, la cosa se fue de madre. Después de varias Zaskas los Angels habían perdido totalmente la compostura. Estaban llegando a niveles de compadreo vergonzantes, cuando un empresario del sector de los autobuses paró en seco el despiporre y vociferó coño, esto sí que lo entiendo, y no lo de las apps esas de mierda. Les voy a dar la pasta, qué cojones.

Inmediatamente, los otros investors, que además de ebrios, era la primera vez que veían que un proyecto conseguía financiación, se sumaron al acuerdo, no fuera a ser que dejaran pasar por delante de sus narices un unicornio, cervecero o tecnológico.

Y ahora ya es hoy

Y así empezó la nueva Zaska Beers, Co., financiada por una cuadrilla de inversores borrachos que no eran conscientes de lo que firmaban. Y ese es el espíritu que ha permanecido en la empresa.

Seguramente no son los mejores mimbres para la fundación de una empresa, pero, de momento las Zaskas están en todos los bares, tiendas gourmet y supermercados del mundo (excepto en los de Vélez-Málaga). Llenan de alegría las casas, de sabor los chiringuitos y de risa las barras de los bares.

Es una larga historia para una cerveza tan joven. Pero nos llena de emoción y responsabilidad sabernos depositarios de tantas vicisitudes y avatares, nos impulsa en el empeño de construir el presente y desafiar al futuro, un futuro que se escribirá Zaska a Zaska cada vez que alguien abra una chapa buscando...

 

SABOR FRESCOR COLOCÓN

 

 

 

Por cierto, el sobrino se llamaba Nicodemo Remmachieri.